Munich 72: la masacre, el periodismo y las historias omitidas

Múnich 1972. El comando palestino Septiembre Negro ya irrumpió en la Villa Olímpica. Asesinó a dos atletas israelíes y amenaza con ejecutar a más a cada hora que pase si no hay respuesta a su reclamo. Son los primeros Juegos trasmitidos en vivo y la sección Deportes de la cadena estadounidense ABC abandona los partidos de vóleibol y enfoca en cambio el drama político. Su jefe, Roone Arledge, está con todo su equipo a solo cien metros del lugar. Rechaza que el tema sea manejado por la sección Política, cuyos periodistas están en Washington, a más de seis mil kilómetros del conflicto. Les dice a los suyos que “la historia” misma guiará la acción. Pero el drama no es una competencia deportiva. ¿Acaso mantendremos la trasmisión en vivo si Septiembre Negro concreta su amenaza y comienza a matar rehenes?, le pregunta su segundo, Marvin Bader. Porque si sucede, “¿de quién será la historia? ¿Nuestra o de ellos?”.

El eje central de Septiembre 5, una película que será estrenada este jueves en Buenos Aires, no trata sobre el histórico conflicto de Medio Oriente, más vivo que nunca en estos tiempos, por los rehenes israelíes, por Gaza, y porque también millones de alemanes votaron el último domingo a los herederos espirituales del nazismo. En Septiembre 5 no hay políticos, soldados, terroristas ni atletas. Tampoco hay entonces geopolítica, balazos ni marcadores deportivos. Ni campos de batalla ni estadios. Todo transcurre dentro de una redacción de prensa. Claustrofóbica y sudorosa. Tabaco, teléfonos fijos que no paran de sonar, cámaras pesadas, teletipos, radios enormes, sonidistas, películas de 16 milímetros. Y un pasillo mínimo en el que se debate sobre ética. Suena ingenuo en tiempos de multipantallas que hoy nos desayunan repitiendo asesinatos para robar un celular. De periodismo en crisis. Cuando ya todos sabemos también que las entrevistas exclusivas implican preguntas prohibidas. Y no solo al ídolo deportivo. Sino también al presidente de turno.

Nominada al Oscar por mejor guion, Septiembre 5 deja apenas como un planteo el conflicto ético. No profundiza. Elige contar que ni siquiera hay tiempo para el análisis. Porque los periodistas tienen apenas segundos, minutos, para decidir contrarreloj si la trasmisión en vivo tendrá límites morales. Hay un momento notable que desnuda a su vez la ineptitud policial de una Alemania que, para superar el horror del Holocausto, quería que Munich 72 fueran “Los Juegos Alegres” (Die Heiteren Spiele) y diseñó una Villa Olímpica sin vigilancia armada. Es la misma policía que debe abandonar el rescate por los techos de la Villa Olímpica porque advierte, tarde, que los terroristas palestinos están viendo la maniobra por TV, gracias a que la ABC transmite todo en vivo, incluso aquello que pone en riesgo las vidas inocentes. La torpeza peor sucedió luego en el aeropuerto. Balas policiales no distinguieron terroristas de atletas. “Todos se han ido”, cierra su crónica histórica Jim McKay, periodista estrella de ABC. La fiel reconstrucción se debe a Geoffrey Mason (el excelente actor John Magaro), el productor que en 1972, con apenas 32 años, se carga la transmisión al hombro y que, según confesó en una entrevista, se largó a llorar una vez que terminó todo, cuando quedó solo en su habitación.

Libros, documentales y películas (entre las cuales Múnich, de Steven Spielberg) ya contaron la masacre de atletas israelíes que marcó la historia de los Juegos y que el Comité Olímpico Internacional (COI) tardó medio siglo en documentar, un silencio tabú que indignó a los familiares de las víctimas. Septiembre 5 lo cuenta con los ojos del periodista. Allí aparece entonces Arledge. Es el mismo periodista que ya había incomodado al COI en los Juegos anteriores (México 68), cuando ordenó enfocar el podio prohibido de los velocistas Tommie Smith y John Carlos, la célebre protesta negra del Black Power. El olfato para saber dónde estaba la historia. Y que cada deportista era una historia. “La emoción de la victoria y la agonía de la derrota. El drama humano de la competencia atlética”. Arledge fue acaso el primero que entendió que el deporte, para bien y para mal, estaba hecho para la televisión.

Los conflictos políticos, claro, son algo más complejos que un partido, que una cobertura de TV y que una película, por buena que sea (como lo es Septiembre 5). Y se hacen aún más difíciles de entender cuando el sufrimiento horroroso de una parte omite el de la otra. No hay muertes justas o injustas. Tampoco debería haber muertes invisibles, presos invisibles, niños mutilados invisibles ni tierra invisible. O visibilizada solo para ser deshumanizada.

Una carta pública a Donald Trump recordó días atrás a Refaat Alareer, poeta y escritor, que estudió en Londres y Malasia y volvió a Gaza para enseñar Shakespeare y también a escritores judíos a sus alumnos, autor de “If I Must Die” (Si debo morir), escrito para su hija Shymaa. Alareer murió en 2023 por un ataque aéreo a un refugio humanitario. “Si muero/ debes vivir/ para contar mi historia”. Shymaa murió unos meses después en otro ataque aéreo. Alareer había fundado una organización llamada We Are Not Numbers (No somos números). Hassan Abuqamar, autor de la carta pública, alumno de Alareer, le dice a Trump que, como su maestro, él también proyecta estudiar en el extranjero. Y volver luego a Gaza. Porque, aunque no haya cámaras de TV, es su tierra. Y no quiere “que sea entregada al mejor postor”.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/munich-72-la-masacre-el-periodismo-y-las-historias-omitidas-nid26022025/

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