Autor e intérprete: Javier Marra. Dirección: Lisandro Penelas. Escenografía: Julieta Capece. Iluminación: Soledad Ianni. Sonido: Dino Pérez. Sala: Moscú (Juan Ramírez de Velasco 535). Funciones: viernes 28 de febrero y 7 de marzo, a las 20.30. Domingos 16, 23 y 30 de marzo, a las 12. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: buena
Actor, director, trapecista, payaso y maestro en técnicas circenses Javier Marra eligió protagonizar la primera obra de la que es autor. No sabemos si el suyo es un docudrama o simplemente un relato fantástico sobre una situación trágico-poética que vivió en su adolescencia en un pueblo del interior, pero Trunco adquiere el vigor dramático de aquellas vivencias que se experimentaron en el propio cuerpo. Y, como dicen que el cuerpo tiene su propia memoria, le permitieron a Javier Marra pasar gran parte de aquellas vivencias de las que se hizo eco en su piel, al papel. Así, la obra es un relato vivencial en primera persona, una historia que incluye rasgos de una poesía que surge del propio hábitat en el que vivió; fue construida con base en los sentimientos y las emociones “nutritivas” o de castigo experimentadas con padres, abuelos, hermanos, amigos o desconocidos.
Si algo queda claro es que se trata de un relato de amor entre dos amigos adolescentes. El otro, llamado Nahuel, y él mismo. Lo interesante, lo edificante, es que lo dicho por el protagonista y transmitido al público fue elaborado a partir de la sutileza en los sentimientos, de un humor travieso, inmerso en el impulso irracional de descubrir a partir del contacto con la piel del otro, el propio cuerpo. El deseo, la necesidad de experimentar sensaciones, la torpeza del primer beso, todo se mezcla en el edificante texto de este versátil intérprete, convirtiéndose en una vivencia que el público recibe con atención. El castigo y los azotes del abuelo -convertido en un símil justiciero al descubrir a los dos adolescentes en el gallinero y obligarlos a no verse más- son parte de un modelo social que no pierde vigencia. El placer de castigar, para los que lo hacen, siempre es más fácil que intentar comprender. Por lo que el muchacho es separado de su amigo, con el consecuente dolor para ambos.
Subtitulada “Una de flores y cuchillos”, Javier Marra construye un “retrato generacional -como él mismo lo expresa-, de la década de los 90, sobre el despertar sexual, la formación y los mandatos familiares”. Una frase más define esa especie de marca indeleble arraigada aún hoy en el contexto social: “Estas flores son para vos, pero cuando llegues a tu casa se las das a tu abuela, porque los hombres solo tienen flores cuando se mueren”.
Marra oscila entre el relato distanciado de lo que dice y su personaje, con el que intenta luchar para que no le broten las lágrimas en escena. El humor para este maestro de las artes circenses se convierte en un elemento sutil, en un recurso valioso, que lo ayuda a hacer más verosímiles las vivencias que intenta transmitir.
Inmerso en el amplio espacio vacío del escenario, iluminado mediante un clima de sutil pesadilla, que se yergue como una especie de bruma sobre él, Marra habla de su amigo Nahuel. Mientras lo hace, utiliza un juego de cubos de madera, que como si fueran piezas de un rompecabezas, se transforman tanto en árboles como en las sillas en las que se sentaba él y su abuela, en la puerta de aquella casa de pueblo para ver pasar y saludar a los vecinos.
La dirección de Lisandro Penelas “esquiva” las marcaciones, deja que el intérprete sea él mismo en escena. Que los propios sentimientos del actor lo sorprendan para contar esta historia de final trágico, surgida de una situación en la que, en lugar de dejar libre al otro para que fluyan sus sentimientos, se los condena mediante los mandatos socio-familiares y el famoso “qué dirán”.