De chico veía mucha televisión y soñaba con ser El chapulín colorado, estar en una de las películas de Palito Ortega o luchar con Martín Karadagián en Titanes en el ring. Pero se sentía muy lejos de ese deseo hasta que una psicóloga le dio el empujoncito y se animó a salir a conocer el mundo. Sebastián Presta estudió teatro, fue productor de Duro de domar durante muchos años y, casi como un juego, se animó a ponerse frente a la pantalla para hacer humor junto a Sebastián Wainraich en el sketch “Kitsch TV”. Desde hace algunos años descubrió el teatro que hace casi artesanalmente, metiéndose en el guion y la producción de las obras que protagoniza. Acaba de estrenar Mi amiga y yo, que hace de jueves a domingos en el Complejo La Plaza.
En una charla con LA NACIÓN, Presta recuerda su infancia y su adolescencia, las ganas de vivir una vida diferente a la que conocía, el día que pensó en abandonar la actuación y su historia de amor con Natalia.
–De la popularidad de Duro de domar llegaste al teatro, ¿cómo fue ese proceso?
–Me descubrieron con los videos de Prestico y me siguieron hasta el teatro buscando a ese personaje y se encontraron con otro que también les encantó. Y también me sé rodear, porque solo no puedo hacer nada. El público siempre nos acompaña y tiene que ver con un gran trabajo que hacemos. No me gusta hacer por hacer y a todo le pongo esfuerzo y ganas, desde los videos que hacía para Duro de domar, cuando la gente empezó a seguirme. Empezamos con esta saga con la obra Entre ella y yo, con la que estuvimos tres años, y después siguieron otros tres años de Mi madre, mi novia y yo. Y ahora estrenamos Mi amiga y yo. Los productores insisten con esta saga de “y yo” (risas).
–¿Tiene que ver con tu propia historia?
–Me encantan las historias de amor. Cuando me acercaron el guion me gustó, pero era otra cosa porque se trataba de un amigo que se hacía cargo del hijo de una amiga. Había una historia de cariño pero yo le metí que estaba enamoradísimo de su amiga porque esto me pasó a mí y creo que a muchos. Podemos llegar a enamorarnos de una amiga o amigo, y como no tenemos chances, la jugamos de amigo porque no nos queda otra. Esta es la historia de Santiago, que estuvo en pareja diez años con una persona a quien quería pero nunca se enamoró como de Valeria, su amiga. Se separa y decide ir a la casa de la amiga, que ni sospecha lo que le pasa a él. Va por tres días y pasan nueve meses. El libro es de Claudia Morales. Coincidimos en que yo podía meter mano, trabajamos mucho, se sumó Diego Reinhold en la dirección y salió Mi amiga y yo. Estrenamos, pero todavía no está terminada porque sigo hasta que me gusta.
–Suena obsesivo...
–Un poquito (risas). Pero el producto queda bueno. Laburo para que vuelvan a ver la obra, para que traigan a sus amigos y quieran seguir viniendo. De a poco se va a armando una marca.
–Decís que te enamoraste de amigas, ¿cómo fue?
–Me he enamorado de amigas y no tenía chances. Veía cómo ellas se enganchaban con el que las hacía sufrir. Entre los 20 y 30 años uno se equivoca y ya después madurás y respetás más al que te acompaña. Pero de jóvenes nos enganchamos con el que nos hace sufrir, ¿no? En la obra Valeria dice que necesita un poco de veneno, que la aburren los buenos. Y nos pasa. Entonces el amigo espera el momento, que a veces llega y otras no.
–¿A vos te llegó el momento?
–Sí, me ha pasado. Me he enamorado de muchas amigas, la mayoría de las veces no fui correspondido, pero Dios me dio alguna que otra sorpresa (risas). Los tiempos cambiaron y quizá yo me quedé con un relato un poco viejo. Ahora pueden ser amigos, confundirse y seguir siendo amigos. Hay más libertad y flexibilidad.
–¿Estás en pareja con una amiga?
–Estoy en pareja con Natalia, que es psicóloga, amiga de una amiga. Nos conocimos a los 20 años en una fiesta pero ella no paró de hablar con un chico con el que tuvo tres hijos y tuvieron una pareja hermosa hasta que se separaron. Después él falleció. En ese momento no estaba enamorado de ella, hoy si. Y nos reencontramos sin querer, en otra reunión. Ella ya no estaba en pareja y nos enganchamos. Creo que si hubiera pasado algo a los 20 años no hubiésemos durado mucho porque yo estoy más estable y maduro hoy, a mis 50. Tenemos una relación hermosa, ella en su casa y yo en la mía. Está bueno guardar un poco de magia, aunque voy muy seguido porque son divinos todos, pero me encanta estar solo, poder escribir, hacer mis cosas. Hace ya tres años que estamos juntos.
–Alguna vez contaste que te resististe a ser actor, ¿por qué?
–Crecí en Barrio Jardín, en El Palomar, en una familia muy linda; mamá ama de casa que se ocupaba mucho, me hacía las milanesas, me llevaba al colegio, y papá almacenero. Pero no había comunicación, a diferencia de ahora que veo que mi novia comparte muchas cosas y conversa con sus hijos. Si la más chiquita, de 9 años, quiere mostrarme una coreo, yo la miro con atención, porque mi mamá no me la daba. No había diálogo, no se hablaba ni de arte ni de libros ni de futuro; mirábamos la tele siempre. Gente divina que volvería a elegir, pero era así. Vivían bastante preocupados y yo trato de no hacerlo. Me la pasaba viendo a Olmedo y Porcel, Chespirito, El chapulín colorado. Al mediodía veíamos la tele, a la tarde también y a la noche la llevábamos al cuarto y seguíamos viendo Kojak, Baretta, Titanes en el ring, Jerry Lewis, películas de Palito Ortega; veía novelas con mi madre, como Cristal. Y a los 13 años hice mi primer curso de teatro que no estuvo tan bueno y ahí quedó. A los 18 una vecina me llevó a ver a Los macocos, que hacían música y teatro y quedé alucinado. Estudié con Martín Salazar, empecé a trabajar como cadete en un canal de cable e hice una carrera paralela.
–En un momento el productor le ganó al actor.
–Sí. Fui productor de Duro de domar muchos años. La actuación casi había desaparecido hasta que con Sebastián Wainraich hicimos “Kitsch TV”, que era una sección que produje durante cuatro años y también era “El mudo”. Todo muy bizarro. Cuando él se fue a trabajar a otro canal me hice cargo del humor y arranqué con “The Presta Show”, que no vio nadie y después vino “Prestico”, que se viralizó. Fui también productor de Gente que busca gente y me emocionaba mucho ese programa. Era una época muy linda de la tele y ahora es todo más sencillito, por lo que veo. En ese momento, en Duro de domar había mucho trabajo, noteros, producciones. Con internet todo es más sencillo. Yo seguí estudiando teatro, me convocaban para hacer obras, pero no quería hasta que en 2016 nos echaron a todos de la productora PPT (Pensado para Televisión) y se vendió. Y me llamaron para hacer cosas en tele, pero no quería.
–¿Por qué? ¿Ni teatro ni televisión?
–Fue mucho tiempo y estaba un poco agotado. O sería el destino. Después hicimos una obra de teatro que dirigió Martín Salazar, que se llamó Bruto y ahí le agarré el gustito. Hice Esperando la carroza el año pasado y fue una experiencia hermosa, con un elenco increíble. Ahora me dedico más al teatro y no volvería a ser productor de tele ya.
–También hiciste ficción en televisión.
–Sí, no mucho, pero todo me gustó. Cuando se acabó la pandemia pensé en tirar la toalla con la actuación. Pensé que hasta ahí había llegado. Y al día siguiente me llamaron para sumarme a El primero de nosotros, la novela de Telefe. Y tuve un papel muy lindo.
–Si dejabas la actuación, ¿había un plan B?
–No, tenía unos ahorros y cuando se acabaran vería qué hacer. No estaba preocupado. Debe ser porque no tengo hijos y entonces si me jodo, me jodo solo. Después vino El sabor del silencio en Flow. Hago cositas, pero ya no tengo las ganas de hacer cine y televisión, como cuando era chico. Antes eso era todo para mí y hoy puedo hacer macetas con venecitas. Las ganas de trabajar con (Adrián) Suar se desvanecieron aunque llegué a hacerlo en Me casé con un boludo. Quizá tiene que ver con haber conocido el medio por dentro; la magia se fue. Capaz eso mismo le pasa a la gente conmigo. Una vez tomé un taxi y el tipo me dijo: “Presta pensé que eras más gracioso”. Y yo soy callado. Aunque me brota el chiste, no cuento todo el tiempo chistes.
–¿Pensaste en hacer una carrera universitaria?
-No, en casa no se hablaba de universidad. Yo iba al secundario porque iban mis amigos y me costó un montón. Nunca estuvo en los planes ir a la facultad. Igual yo trabajo desde los 16 en almacenes del barrio y fantaseaba con ser actor, pero nunca me imaginé que me iba a dedicar a eso.
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–¿Y quién te ayudó a dar ese paso?
–Una psicóloga que me decía: “Sebastián, vos podés alquilar una casa, comprarte una autito, estar con una mujer que te guste mucho; podés dedicarte a lo que te gusta”. Y yo pensaba: “Esta mujer está loca”. Porque veía imposible todo lo que me decía. A los 20 años veía todo eso muy lejos.
–¿Y cuándo lo viste posible?
–A medida que fui trabajando en terapia. Conocí el mundo gracias a esta psicóloga. Ella me sacó de casa. Yo vivía en Palomar y me mudé a San Telmo a la casa de una amiga, con otro amigo. Y fue cambiando todo.
–¿Tu familia te vio crecer?
–Tenía 18 años cuando mi viejo falleció y no vio nada. Mi madre sí me vio en el teatro, en Entre ella y yo. Y mis hermanos son mis fans.
–¿Qué te gusta hacer en tus ratos de ocio?
–Trato de no hacer nada (risas). Hago ejercicio, ando en bici, camino, visito amigos, voy a El Palomar. No quiero volverme loco.