La sensación que deja la lectura de Mil batallas, la autobiografía del ex Puma Patricio Albacete, se asemeja a la que habrá experimentado Neo, el protagonista interpretado por Keanu Reeves en Matrix, cuando le dieron a elegir entre la pastilla azul y la roja.
El jueves 11 de octubre de 2012, la tapa del suplemento Deportes del diario LA NACION publicó una entrevista con Albacete que conmovió al rugby argentino. Seis días antes, los Pumas habían terminado su primera participación en el Rugby Championship y habían disipado los temores que sobrevolaban sobre su capacidad de competir contra las tres mayores potencias del hemisferio Sur. Pese a no cosechar ninguna victoria (un empate y cinco derrotas), el rendimiento en general había sido más que satisfactorio. Sin embargo, las declaraciones de Albacete revelaron que la jerarquía que había mostrado el equipo en la cancha no se condecía con una estructura profesional acorde. El revuelo que generaron sus dichos derivó en un álgido enfrentamiento con la dirigencia de la UAR y especialmente con Agustín Pichot, que la comandaba entonces, y con el grupo de líderes del seleccionado. Diferencias que se profundizaron en el tiempo hasta que, un año y medio más tarde, terminaron costándole la marginación de los Pumas.
Los avatares de esta historia quedaron bien documentados en estas páginas. Con la publicación de Mil batallas, Albacete, ex columnista de LA NACION y conductor del podcast Try Convertido, repasa su eximia carrera de jugador que lo elevó a ser una gloria de los Pumas y de Toulouse, así como la lucha que libró contra la opacidad del poder de turno. En el recorrido –y aquí anida el valor profundo de este libro– desnuda con lujo de detalles las costuras que desencadenaron ese cisma y permite comprender por qué llegó a ese extremo que le costó su carrera en el seleccionado, al tiempo que desnuda una estructura de poder que sigue vigente.
Las 419 páginas transcurren a un ritmo vertiginoso. Desde su rebelde adolescencia que encontró una forma de canalizarse a través del rugby, hasta su presente como emprendedor multifacético, Albacete hace un minucioso recorrido por su trayectoria. Sus inicios en Manuel Belgrano, los seleccionados juveniles, su pase a Francia y el desembarco en Toulouse, el club más poderoso de Francia, donde ganó todo en 11 años, fue capitán y se convirtió en leyenda. Partido tras partido, golpe tras golpe, medalla tras medalla.
En los Pumas, equipo en el que debutó en 2003 a los 22 años y enseguida jugó su primer Mundial, el de Australia, se convirtió en un líder tanto por su vocación de trabajo, su entrega en la cancha y su capacidad tanto como por hacer expresos sus pensamientos. La linealidad del relato, que avanza a velocidad constante, no le resta intriga a la trama. Entre tackles, rucks y line-outs van apareciendo huellas que permitirán configurar una idea acabada del personaje y llenan de sentido el desenlace.
Hace hincapié, por ejemplo, en la vez en que, todavía muy joven, alzó la voz para evitar que los Pumas firmaran una declaración en adhesión a las Abuelas de Plaza de Mayo, y en una entrevista que dio Ignacio Corleto a LA NACION en 2004 en la cual criticó la forma de jugar del seleccionado, que derivó en un cambio por parte del entrenador Marcelo Loffreda. Fue después del Mundial 2007, en el que los Pumas ganaron la medalla de bronce en Francia tras derrotar dos veces a los locales, cuando su incidencia fuera de la cancha empezó a cobrar peso. A partir de una revelación de su amigo y compañero del seleccionado Miguel Avramovic comenzó el recelo con Pichot, a quien reconoce como gran jugador y gran capitán pero al que señala como detentor de todo el poder en el rugby argentino: desde armarles el equipo a los entrenadores hasta ser beneficiario de los acuerdos que firma la UAR. El antagonismo, que nació tras el Mundial, se acentuó hasta alcanzar su punto máximo a partir de la entrevista con LA NACION en 2012.
Me queda de Pichot la imagen de un tipo hábil para mentir y que no se hace cargo de nada. Cobarde en las discusiones y confrontaciones, porque siempre se irresponsabiliza y le adjudica el descontrol a quien no está presente, diciendo algo incomprobable, típico de gente que trata de huir de la vorágine y de dejar todo más o menos tranquilo, pero que después te clava el cuchillo por detrás”.
Patricio Albacete, en Mil batallas
En esa conversación, afirmó, tenía como finalidad despertar el conocimiento sobre una serie de negligencias por parte de la dirigencia que alejaban a los Pumas de competir en igualdad de condiciones ante las potencias. Por ejemplo, tener que dormir compartiendo un colchón tirado en el piso. Haciéndolo público, razonó, tendría mayor efecto. La respuesta de la UAR fue señalarlo como enemigo, y la de los demás líderes del equipo, sumirse temerosos a los dictámenes de Pichot, según el relato. “A la dirigencia le faltó un Pensacola”, aceptó entonces Manuel Galindo, responsable del área de Alto Rendimiento. Sinceramiento que no estuvo acompañado por un reconocimiento a Albacete.
“Vi en este libro la oportunidad para contar mi historia, el conflicto, lo que pasó realmente. Con detalles, con pruebas. Porque nadie sabía bien qué pasó y muchos ya se olvidaron, pero los problemas siguen estando ahí”, dijo Albacete, consultado por LA NACION, sobre qué lo motivó a ponerse a escribir. “Me pareció bueno también contar las cosas lindas, las amistades; pasar un mensaje de que la vida es mucho más que el rugby. Defiendo valores que para mí son inquebrantables, que para mí no se negocian. Por otro lado, quería dejar en evidencia la hipocresía que hay en el rugby argentino. Todos se jactan de los valores, y es verdad que el rugby es hiperformativo, pero eso pierde todo sentido si fuera de la cancha no lo llevás a tu vida de todos los días”.
Una década más tarde, ¿siente que perdió esa batalla? “No, porque fui fiel a mis principios. Cuando me sacaron del equipo ya no me sentía cómodo. Creo que todo terminó girando alrededor de la plata, tanto los jugadores de ese momento como los dirigentes. El dinero rápidamente pudre las cosas. Gracias a mi postura las cosas cambiaron un poco: se le dio más atención al jugador, y la UAR tuvo que salir a dar explicaciones de algunas cosas, a controlar más las cuentas”.
Juan Martín Hernández, Felipe Contepomi, Juan Martín Fernández Lobbe, Agustín Creevy, Santiago Phelan, Daniel Hourcade... Albacete cuenta con crudeza las desavenencias con cada uno, cosa que no le impide reconocer sus virtudes cuando la ocasión lo amerita, sin importar de qué lado de su universo binario se coloquen. En definitiva, Mil batallas es un libro fundamental para entender un período del rugby argentino que su postura firme corrigió pero no terminó de enderezar, y cuyos vicios persisten.
Felipe llega con la mano lastimada (...) cuando le preguntan aduce un accidente doméstico. Pero el ambiente del rugby sigue siendo muy pequeño y bastante familiar. Todo se sabe. En una fiesta de Cardenal Newman se habría cortado la mano al amanecer (...) En Dublin lo tienen que operar. Le extraen vidrios de la herida y se tiene que quedar internado”.
Patricio Albacete, en Mil batallas
Como jugador, Albacete practicaba al máximo y reclamaba lo mismo de sus compañeros y entrenadores. Exigía que lo exigieran y no se permitía dar menos que el 100%. Esa frontalidad es traspolable a su personalidad fuera de la cancha. Vive como piensa, dice lo que siente. Actúa en función de los principios que lo rigen: Dios, familia, amigos, como reza uno de sus incontables tatuajes. En esa transparencia que lo identifica no hay grises. Así, todo lo que está al margen queda teñido de oscuridad. No hay concesiones.
La lectura de Mil batallas invita al interlocutor a tomar un camino. A elegir entre la pastilla azul y la roja. A vivir conforme a los principios de cada uno de manera intransigente o a tomar el atajo de la comodidad. A romperse o a doblarse. Está claro cuál eligió Patricio Albacete.