Microsoft cumple hoy medio siglo

En el último medio siglo el mundo ha cambiado tanto que si por arte de magia elimináramos un puñado de tecnologías que surgieron en este período y que motorizaron el cambio, la civilización sería incapaz de volver atrás. Ya pasó esto mismo antes, con el libro impreso. Pero el proceso llevó entre 300 y 400 años (desde Gutenberg hasta la Revolución Industrial, digamos). No 50.

Más aún, las nuevas tecnologías nacidas de la miniaturización, las computadoras y el software están tan embebidas en nuestra vida cotidiana que, sin ellas, el mundo se detendría. Sin computadoras accesibles, pequeñas y fáciles de usar conectadas a una red global (por citar lo más visible; en el fondo hay muchas cosas más), el mundo que conocemos dejaría de funcionar. Aunque es improbable que ocurra, si elimináramos esas tecnologías que hace 50 años empezaban a brotar, los países industrializados colapsarían en un caos catatónico en el que ni los semáforos ni la tele ni las órdenes de compra ni los tomógrafos ni la banca podrían operar. De nuevo, por citar un puñado de ejemplos.

Nunca antes el mundo había asistido a cambios tan profundos en tan poco tiempo. La historia de Microsoft, que hoy cumple medio siglo, es una suerte de hoja de ruta de esta evolución acelerada y frenética que ha dejado generaciones enteras perplejas y desorientadas, que al mismo tiempo ha traído una de las épocas de mayor bienestar que haya conocido la humanidad, y que, de paso, ha puesto en entredicho desde nuestros derechos civiles (la privacidad, por ejemplo) hasta la naturaleza del trabajo.

Normalmente, las compañías de tecnología siguen una curva bastante previsible. Arrancan innovando; si tienen éxito, se vuelven monopólicas, y al final, demasiado grandes para conservar aquella agilidad de la juventud, se vuelven recaudatorias. Es decir, viven de sus patentes. A veces, algún ente regulatorio las obliga a dividirse (como ocurrió con AT&T en 1982). Pero el recorrido es más o menos siempre el mismo.

Microsoft ha sido una rara excepción.

Sus logros son evidentes, y enseguida los visitaremos con un poco más de detalle. Pero sus tropiezos fueron tan enormes que habrían resultado catastróficos en cualquier otra organización. Primero, no vieron el negocio de las redes. Luego, se pasaron por alto la Web. Y como si esto no fuera suficiente, y a pesar de haber incursionando tempranamente en los equipos portátiles con su Windows CE, ignoraron (bajo el mandato de Steve Ballmer) la ola de la movilidad. Para cuando llegaron las redes sociales, que fueron hijas del iPhone y sus sucesores, Microsoft parecía estar grogui contra las cuerdas, a un puñetazo de caer en la lona. Pero pasó lo contrario. Apostó a la Nube (donde ya estaban bien posicionados Amazon y Google) y un lustro después hizo una inversión visionaria de 12.000 millones de dólares en OpenAI y se puso de nuevo en el pelotón de punta de la revolución digital. Es cierto que la empresa creadora de ChatGPT acaba de conseguir otros 40.000 millones de SoftBank, pero la que vio primero lo que se venía (mientras Facebook coqueteaba con el Metaverso y Apple perdía a su inspirador, Steve Jobs, y se quedaba de nuevo sin ideas) fue Microsoft.

En lo más micro, en lo cotidiano, el actual CEO de la compañía, el astuto y eternamente sonriente Satya Nadella, tiene una visión bien clara sobre la inteligencia artificial (IA). Dijo hace poco, y tiene toda la razón del mundo, que el verdadero valor de la IA aparecerá cuando encuentre su killer application, como lo fue la planilla de cálculo para las computadoras personales o el email para Internet.

Cincuenta años no es nada

Desde el día en que Bill Gates y Paul Allen (dos años mayor que Bill) decidieron fundar Microsoft con el fin de proveer un lenguaje de programación para una computadora para hobbistas, la Altair 8800, han pasado 50 años. Toda la historia de este gigante –que al principio tenía tres integrantes (el tercero era Monte Davidoff), que tenía 100 cuando acordó con IBM para hacer el sistema operativo de las primeras PC y que hoy tiene 228.000 empleados– ha transcurrido en menos que una vida humana. Eso descoloca.

Quiero decir, confunde un poco el hecho de que cubrí para LA NACION la mayor parte de los eventos que jalonan el derrotero de esta empresa. Entrevisté a Gates en 1998 y eso, que parece haber ocurrido hace una vida, fue, en términos históricos, anteayer. Cubrimos los lanzamientos de Windows 95 y también el de Windows 11, y todos los del medio; escribimos notas sobre los juicios por monopolio y sobre la consola de videojuegos de la empresa, la Xbox; sacamos en tapa la guerra de los browsers, cuando Microsoft puso una tonelada de dólares para doblarle el brazo a Netscape; hicimos la reseña de Encarta, y encontramos un feo error ortográfico, que movió al entonces jefe de comunicaciones de la compañía en Buenos Aires, el gran Tomás Oulton, a comprar un bolso lleno de Encartas y traerlos a la Redacción para comprobar si era solo una falla en un disco o en todos (y era en todos); tuvimos tutoriales del Office y de Windows que se publicaron durante años, en una época en la que todavía no había suficiente Internet y las consultas de lectores no paraban de llegar, y, en lo personal, fui testigo del nacimiento del BASIC de la compañía y del DOS, que se apalancó en el éxito inesperado de la PC de IBM para quedarse con un mercado que muy pronto se convertiría en el más rico de todas las industrias.

Los orígenes

Microsoft fue fundada por Paul Allen y Bill Gates el 4 de abril de 1975. Suele creerse que el iniciador de esta sociedad fue Gates. Es al revés.

Gates y Allen se habían conocido en la secundaria y se habían hecho amigos por un interés común muy fuerte y muy raro en la época. A ambos les fascinaban las computadoras. Y en esa secundaria (el colegio Lakeside, de Seattle, Estados Unidos) tenían terminales que accedían a un sistema de tiempo compartido. Cuando terminaron el colegio, cada uno siguió su camino y empezaron sus respectivas carreras universitarias.

Pero Allen abandonó sus estudios para irse a trabajar a Honeywell como programador. Debió mudarse para eso a la sede de la compañía en Boston, y Boston está al lado de la Universidad de Harvard, donde todavía estaba estudiando Gates. Por lo tanto, volvieron a estar en contacto, y Allen le seguía dando vueltas a la idea de monetizar este asunto de las computadoras.

No se le ocurrió nada, hasta que vio la edición de enero de 1975 de la revista Popular Electronics, donde aparecía la Altair 8800. Allen tuvo entonces la idea de ofrecerle al fabricante de esa máquina un lenguaje de programación sencillo, clon del BASIC (que había sido inventado por Thomas Kurtz diez años antes). Le propuso la idea a Gates, que se dejó tentar y también abandonó los estudios. El fabricante de la Altair, MITS, estaba en Nuevo México, en el otro extremo del país, por lo que la primera oficina de Microsoft estuvo en Albuquerque.

Dicho sea de paso, también el nombre de la compañía fue idea de Allen, solo que al principio se escribía Micro-Soft; combinaba las palabras microcomputadora (la Altair era, técnicamente, una microcomputadora) y software. Luego el guion cayó; el primero en usar la marca como una sola palabra fue Gates.

Lograron un acuerdo con MITS, se mudaron a Albuquerque y así empezó, con un puñado de empleados, un viaje alucinante en el que pasó de todo. En 1980, IBM (por un vínculo que existía entre la madre de Gates y John Opel, CEO del gigante azul en ese momento) los convocó para ver si podían hacer un sistema operativo para uno de sus próximos productos, el modelo 5150, mejor conocido como IBM/PC.

Gates consiguió un acuerdo histórico con IBM, que le garantizaba el poder vender ese sistema operativo a terceros, si el modelo 5150 tenía éxito. Nadie creía que lo fuera a tener. Allen y Gates, sí. Cuando entrevisté a Steve Ballmer en Buenos Aires, junto con Luis Cortina, también de LA NACION, le pregunté si era cierto que Gates tuvo que comprarse un a corbata en el aeropuerto porque a IBM no se podía entrar así, en camisa y nada más. Ballmer lo acompañó en ese viaje, de modo que tenía que saber el dato. Se rió, porque la historia es poco conocida, y me dijo que había sido efectivamente así.

Como había ocurrido con MITS, a la que le ofrecieron un BASIC que no tenían, Gates le ofreció a IBM un sistema operativo que tampoco tenían. Pero sabían dónde comprarlo. El dueño de una empresa de microcomputadoras de Seattle, llamado Tim Paterson, les vendió su propia versión del sistema operativo dominante en la época (llamado CP/M) y en el curso del siguiente año lo adaptaron a las necesidades de IBM. Originalmente, Paterson lo había bautizado 86-DOS. Microsoft lo renombró MS-DOS.

Hay varias versiones respecto de lo que le pagaron a Paterson por el 86-DOS. En su momento se hablaba de 50.000 dólares; hoy se dice que fueron algo menos de 100.000. En cualquier caso, el dinero salió de la billetera de los padres de Gates, y hay que decir que con la valuación actual de la compañía (2,81 billones de dólares; billones son doce ceros en la Argentina), Bill multiplicó ese cheque unas 50 millones de veces. Nada mal, para el chico que dejó la universidad.

Y después la inundación

Gracias al acuerdo firmado por Bill Gates con IBM, Microsoft pudo venderle el DOS a todos los que fabricaban computadoras personales. Incluso si no eran de IBM. Más aún, en un acto de claro abuso de posición monopólica que le iba a costar miles de millones en abogados, Microsoft también cobraba a los fabricantes de computadoras que no usaban su propia versión del DOS.

Le llevó 11 años más que a Apple, pero al final consiguieron sacar un Windows más o menos decente, el 95. Venían del rudimentario Windows 3.1, que había sido precedido por cosas impresentables, como Windows 1.0 y 2.0; el 3.0 era border.

Con Windows 95 (lo dije en su momento, en un artículo en el que nos pidieron opinión a varios expertos), Microsoft tenía lo necesario para quedarse con todo, y fue así. Para cuando el siglo XX terminaba, luego de derrocar a Netscape (que había cometido sus propios errores) en la batalla por la Web y tras haber borrado del mapa a Novell (en redes) y a WordPerfect (en procesadores de texto), con un Office que habían impuesto asimismo gracias a su posición de dominio, pero también a que casi toda la competencia no había creído en Windows, Microsoft era la empresa más poderosa del mundo.

El nuevo siglo los encontró con cambios. En 2000, Steve Ballmer, que había entrado en 1980 a la compañía, quedó como CEO. Iba a cometer uno de los peores errores en la historia de estas nuevas tecnologías, al no ver el potencial del iPhone. En 2001, Microsoft lanzaría la Xbox. Se enfrentaba a un coloso, la PlayStation de Sony. Pero con una espalda financiera infinita, buenas asociaciones y mejores adquisiciones, más prácticas, de nuevo, cuestionables (como vender sus equipos a un costo menor de lo que costaba fabricarlos, para hacerlos más competitivos), la Xbox se ganó un lugar y puso en el mercado alguno de los títulos más taquilleros de todos los tiempos, como Halo.

La saga de Windows y Office continuó, con altibajos, a medida que la PC pasaba a un segundo plano (seguía y sigue siendo indispensable, pero ya no hacía titulares de tapa) y los smartphones ocupaban el centro de la escena. IBM, su antiguo socio y luego rival, se reinventó por completo. Y su enemigo jurado, Apple, se transformaba, increíblemente, en una compañía más grande y más poderosa que Microsoft, gracias al iPhone.

Pero nada es para siempre, y el encandilamiento de los móviles y las redes sociales no le impidieron ver a Satya Nadella, que asumió en 2014 como CEO, cuál sería la siguiente iteración. Ya era tarde para subirse a los celulares, así que puso foco en donde la compañía era fuerte y siguió adelante con Windows y Office (un acierto), empujó Azure hasta que se ubicó entre los tres servicios web más usados (otro acierto) y apostó por OpenAI. Apple todavía no tiene claro qué hacer con esto de la inteligencia artificial.

Sería ocioso (y además se consigue fácilmente en la Web) hacer un recorrido por los productos de Microsoft, porque los usamos a diario. Para los veteranos, el DOS fue el primer sistema operativo con el que tomamos contacto. Sin embargo, el primero que lanzó Microsoft fue un Unix, llamado Xenix, que salió el 25 de agosto de 1980. Windows es universalmente conocido. Office, lo mismo. La Xbox es una marca menos conocida que la Play, reflejo de que Sony pegó primero y en general (es un mercado complejo) tiene más participación de mercado, pero se hizo un lugar en un negocio increíblemente opulento. Word, PPT y Excel son palabras que se usan en casi cualquier idioma con un significado claro y distinto. También son conocidos sus bloopers, desde aquel scanner que colgó Windows durante la presentación de Windows 98, con un Bill Gates que apenas podía ocultar su furia, hasta el Internet Explorer, que había ganado la batalla de los browsers, pero que pronto se encontraría con su Némesis, el Chrome de Google, y terminaría siendo sinónimo de todo lo que está mal en un navegador. Windows CE fue otro fiasco, aun cuando tenían todo para hacerlo bien, lo mismo que el incomprensible Windows Vista, que parecía hecho mal adrede.

Pero ni sus aciertos ni sus metidas de pata cambian el hecho de que esta compañía, nacida de la asociación de dos amigos de la secundaria, se convirtió en la fuerza transformadora que marcó la civilización con sus productos. No fue la única, claro. En esa lista están también Apple, Google, Facebook y Amazon. Pero Apple cumplirá medio siglo el año que viene y las demás son mucho más recientes. Intel, la otra potencia del sector, tiene más de medio siglo, pero su situación es hoy muy precaria.

Por dentro, Microsoft es otra corporación más. La conocí muy de cerca, lo mismo que a otras (Google, IBM, Intel, HP, Oracle), y el clima es más o menos el mismo en todas, con algunas sutilezas culturales. Una maquinaria inmensa en la que el individuo se funde en procesos y ritos que no siempre tienen sentido, hasta que en una de las restructuraciones cíclicas que todos estas organizaciones atraviesan, el empleado se queda en la calle. Pero Microsoft, en su mejor momento, experimentaba algo que me llamó la atención. Me lo dijo alguien que estaba en la diaria de sus oficinas en Buenos Aires, y fue un dato muy interesante. “Acá vivimos siempre con miedo a que la competencia nos gane”, me confió. En ese momento, Microsoft era la empresa con mayor valor de mercado del mundo, tras alcanzar una capitalización de alrededor de 500.000 millones de dólares, a fines del siglo pasado. Podría pensarse que no había razones para ese temor. La historia ha demostrado que era al revés y que nunca es buena idea dormirse en los laureles. Un error que, no obstante, Microsoft también cometió en este medio siglo de existencia. Windows XP, se sabe, duró 13 años, una enormidad para un sistema operativo.

En todo caso, en esta industria 50 años equivalen a 500 de casi cualquier otra, y por lo tanto haber alcanzado el medio siglo con buena salud y en una posición privilegiada es motivo suficiente para reconocerle a la compañía fundada por Allen y Gates una trayectoria que se ha visto pocas veces. Casi todas las demás empresas que podrían mostrar credenciales semejantes todavía están a 20 o 30 años de alcanzar esa meta. Salvo Apple, claro. Pero ya hablaremos de ese otro fenómeno notable que nació en 1976 y que alcanzará el medio siglo en unos doce meses. Y como pueden ver, pasan volando.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/microsoft-cumple-hoy-medio-siglo-nid04042025/

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