Martha Argerich, la elusiva y enigmática diosa del piano que a los 83 sigue “tocando y nada más”

BASILEA, Suiza.- Era de noche y nevaba en el norte de Suiza, y Martha Argerich acababa de regalarle al público una interpretación electrizante. Los fans hacían fila detrás del escenario para pedirle un autógrafo, y los amigos llegaban con ramos de rosas y crisantemos a su camerino.

Pero Argerich, que a los 83 años sigue siendo una de las pianistas más extraordinarias del planeta y tiene suficiente fuerza de dedos para partir una nuez o doblar una cuchara, no aparecía por ninguna parte: se había escabullido por una puerta de servicio para fumarse un Gauloise en la calle. “Me quería esconder”, dice afuera de la sala de conciertos Stadtcasino de Basel, Suiza, y se acurruca en su melena de pelo gris. “Quiero dejar de ser pianista por un momento. En este momento, soy otra”.

Y mientras fuma, Argerich, una de las artistas más elusivas y enigmáticas de la música clásica, se obsesiona con la forma en que interpretó esa noche el Concierto para piano de Schumann con la Orquesta de la Suiza Italiana. Su veredicto: “No del todo bien”. Y se le transfigura la cara al recordar la primera vez que tocó ese concierto, cuando tenía 11 años, allá en su Buenos Aires natal.

Aquella velada de 1952 en el Teatro Colón, un director de orquesta cuyo nombre le quedó grabado en la memoria, Washington Castro, le hizo una advertencia: “Nunca te olvides que a los pianistas que tocan el concierto de Schumann siempre les pasan cosas raras”. Argerich volvió sobre esas palabras cada vez que tuvo que interpretar esa obra, y hoy, en la novena década de su vida, sigue sintiendo que le están pasando cosas raras.

Está desafiando todos los pronósticos relacionados con la edad —la mayoría de los pianistas pierden velocidad y fuerzas en los dedos en los 70 y 80 años—, con dedos capaces de seguir realizando acrobacias vertiginosas. Se mira las manos y dice “ahora están viejas, pero siguen funcionando”. Había estado soñando con Schumann, un compositor muy cercano a su alma. “Tiene algo tan espontáneo, y tan conmovedor, y tan verdadero para mí”, dice Argerich, y agrega que sigue descubriendo “nuevos colores, nuevas dimensiones” en esa música que ha interpretado cientos de veces.

Al pensar en sus amigos y colegas músicos que con los años van enfermando o muriendo, Argerich reflexiona sobre lo que ella llama las “peculiaridades” de su propia existencia. “No sé qué es lo que hago para seguir estando acá”, dice la pianista. “Y es un sentimiento bastante nuevo ese de no saber…”.

Para entrevistar a Argerich, una artista notoriamente reservada que rara vez concede entrevistas, había viajado unos días antes hasta las verdes costas del lago de Lugano, cerca de la frontera de Suiza con Italia.

Argerich, que creció en Argentina pero vive desde hace décadas en Ginebra, tiene fama de mística, capaz de evocar una inmensa potencia y velocidad en Prokófiev y Tchaikovsky. Sin embargo, también puede interpretar a Bach con delicadeza y estilo, a Ravel con una gracia intuitiva, y a Schumann con total inocencia y asombro. “Es pura diosa”, dijo la pianista estrella Yuja Wang. “Te transfigura. Vas a sus conciertos y salís diciendo: “¡Madre mía! ¿Qué es eso que acabo de escuchar?”.

Las excentricidades de Argerich la fueron convirtiendo en una figura de culto en el mundo de la música clásica. No firma contratos: como todo geminiano, dice, tiene temor al compromiso. Tampoco tiene ni publicistas ni acompañantes, y desde la década de 1980 esquiva las presentaciones en solitario, porque la hacen sentir sola, “como un insecto” bajo la luz de un reflector.

Su espíritu irreverente —es propensa a hacer muecas— ha inspirado infinidad de memes en redes sociales, incluyendo uno donde se la ve masajeándose la cara con una mandarina (“Silencio, por favor”, dice el pie de la foto). Y va de una reunión a otra vestida con blusas de campo y jeans anchos, cargando bolsas de compras llenas de partituras, textos astrológicos, zapatos de taco alto y lápiz labial rojo.

En Lugano —un lugar sagrado para Argerich, donde una vez organizó un festival—, la agarré de sorpresa en el escenario del Auditorio Stelio Molo. Acababa de terminar de ensayar el concierto de Schumann bajo la dirección de su exmarido, Charles Dutoit. Me saludó con mirada inquieta y arrancó diciendo que estaba cansada, que no se sentía bien, que necesitaba desesperadamente ensayar y que no tenía nada que decir. Pero después de un cigarrillo y una Coca-Cola, me invitó a charlar a su camarín.

Algunos críticos la consideran la mejor pianista viva, última sobreviviente de una lista de titanes que incluye a Sergei Rachmaninoff, Arthur Rubinstein y a su gran ídolo, Vladimir Horowitz. Pero ella rechaza ese título. “¿La mejor pianista del mundo?”, dice negando con la cabeza. “Eso no existe”.

De madrugada

Seguí a Argerich de gira por Suiza durante el invierno europeo. Intenté que se sintiera cómoda con mi presencia, la ayudaba a llevar sus valijas y le hablaba con naturalidad en español, su lengua materna. Sin embargo, ella rara vez estaba con ánimo de hablar. Una noche, una amiga de la pianista me envió un mensaje para decirme que debía encontrarme con Argerich en el lobby de un hotel a las tres de la madrugada. Cuando llegué, Argerich, que es muy noctámbula, ya había cambiado de opinión. “Buenas noches”, me dijo con franqueza, y enfiló sola para su habitación.

Pero cuando sí tenía ganas de hablar, la charla podía ser fascinante. Me dijo que el amor y la música eran los “misterios gemelos” de la vida, me habló de su afinidad con compositores fallecidos —llamó a Chopin “mi amor imposible”—, dijo que la música la hacía sentir viva, y reconoció que suele dudar de su habilidad: “Tengo inseguridades todo el tiempo: que las cosas no me salen bien, que no estoy preparada”.

En el escenario internacional, Argerich está más ocupada que nunca. El año pasado actuó en más de 80 conciertos —una semana en Shanghái, la siguiente en Pamplona—, un estilo de vida que describe como “un poco absurdo”. Sus conciertos tienen un aura muy preciada — con los años, se ha ganado la reputación de cancelar presentaciones— y atraen a fans de todo el mundo, incluyendo a sus colegas músicos, que acuden en masa a estudiar sus manos, sus trinos, sus octavas, su “toque”. Y vaya donde vaya recibe elogios casi unánimes, aunque algunos críticos apuntan que su forma de tocar a veces es volátil y desenfrenada.

En los últimos meses, Argerich se ha involucrado en temas políticos: le manifestó su apoyo a un pianista ruso muy crítico del presidente Vladimir Putin que falleció el año pasado en prisión, y le rindió homenaje a un pianista israelí detenido en la Franja de Gaza. Dice que sintió que era importante alzar la voz porque “estos son días muy peligrosos para el mundo”. Hace casi una década que evita actuar en Estados Unidos, en parte, dice, por la forma en que fue tratado Dutoit, que en 2017 fue acusado de agresión sexual por varias mujeres y perdió contratos con importantes orquestas norteamericanas (Dutoit y Argerich están divorciados desde 1973, pero siguen actuando juntos con frecuencia. Dutoit ha negado esas acusaciones).

Sin embargo, dice que ahora está planeando volver a Nueva York: aceptó interpretar sonatas de Beethoven en el Carnegie Hall junto al violinista Maxim Vengerov en 2027. “No sé cómo estaré a esa altura, o si estaré…”, dice. “No paro, y no sé por qué”.

La vida musical de Argerich comenzó antes de cumplir tres años, cuando un niño de su clase de jardín de infantes en Buenos Aires se burló de ella porque no sabía tocar el piano. En respuesta, se sentó al teclado e interpretó a la perfección una canción de cuna. Atónita, la maestra llamó de inmediato a sus padres. Juan Manuel Argerich, padre de Martha, contador y profesor de matemáticas, era un hombre tranquilo que la llevaba a pasear y hacía trucos de magia, como hacer aparecer caramelos de sus orejas. Su madre, Juanita, que había estudiado economía, era estricta y dominante. Martha quería ser médica, pero su madre insistió en que estudiara música, y le dijo que su novio sería el piano. “Era como si estuviera hipnotizada: no podía hacer otra cosa que tocar”, recuerda la pianista.

A los ocho años, Martha conoció a su compatriota Daniel Barenboim, que por entonces tenía siete y se convertiría en un eminente pianista y director de orquesta. Barenboim y Argerich se hicieron amigos de inmediato, jugaban debajo un piano de cola y se sentaban a interpretar el uno para el otro los Estudios de Chopin.

“Desde un principio, nunca fue una virtuosa de la mecánica que se centrara en la destreza y la velocidad”, dice Barenboim de su vieja amiga. “Por supuesto que podía hacerlo, pero también podía hacer que la música emanara infinitos colores”. Cuando empezó la secundaria, Martha ya era conocida en Argentina. Con la ayuda de Juan Domingo Perón, entonces presidente de la Argentina, cuando ella tenía 14 años se mudó con su familia a Viena para poder estudiar con Friedrich Gulda, un iconoclasta pianista austriaco.

Unos años más tarde se mudó de nuevo, esta vez a Nueva York, con la esperanza de conocer a Horowitz, el gran virtuoso de la época. “Fue el mejor amante que el piano haya tenido”, dice Argerich. En Nueva York encontró un apartamento en el mismo barrio donde vivía Horowitz, pero nunca llegó a conocerlo.

Sola y aislada en Nueva York, Argerich cayó en depresión. Dejó de tocar el piano durante dos años, y se pasaba las horas tomando cerveza y viendo televisión hasta altas horas de la noche. “Era como haberse acostumbrado a correr y de repente no saber ni caminar”, recuerda. Fue entonces que inició una relación con el compositor y director de orquesta chino Robert Chen, y en 1964, cuando tenía 22 años, dio a luz a su hija Lyda. Más tarde Chen y Argerich se separaron y ella perdió la custodia de Lyda de la que estuvo separada durante más de una década, hasta reencontrarse cuando Lyda ya era adolescente. “En aquellos años yo siempre estaba intentando escapar de algo o de alguien”, dice en determinado momento Argerich en Bloody Daughter, un documental de 2012 dirigido por la menor de sus tres hijas, la cineasta Stéphanie Argerich. “Todo me sobrepasaba”.

Triunfos

Poco a poco, Argerich fue volviendo al piano. En 1965, un año después de dar a luz a Lyda, obtuvo un gran triunfo: ganó el primer premio en el prestigioso Concurso Internacional de Piano Chopin, en Varsovia, Polonia. Demasiado nerviosa para comer, se pasó los días de la competencia fumando un cigarrillo atrás del otro mientras ensayaba un programa que incluía polonesas, scherzos, mazurcas y nocturnos. El público polaco quedó fascinado. Los comentaristas de entonces describieron su interpretación como “casi un susurro” y la compararon con el propio Chopin. Argerich recibió un apodo: el torbellino de Argentina.

Poco después de conocernos en Lugano, Argerich partió rumbo a los Estados Unidos para participar del jurado de un concurso de piano de la Universidad Estatal de Arizona. Dice que en Arizona se sintió muy a gusto, que pudo disfrutar del sol del desierto y visitar a sus familiares. Pero hacia el final de su estadía se enfermó de gripe con 40° de fiebre, y mientras se recuperaba sufrió una fuerte caída en el baño del hotel que le dejó hematomas en la cara y en los brazos.

Sola e incapacitada para moverse, dice que ahí tuvo una especie de revelación. Recordó a su amigo Mischa Maisky, un reconocido violonchelista que dejó de actuar el año pasado debido a una infección en la médula espinal que lo dejó prácticamente paralítico. “De repente, me sentí conectada con él”, dice. “Nunca me había pasado algo así”.

Argerich, que en la década de 1990 recibió tratamiento oncológico por un melanoma metastásico, vive con una especie de “culpa del superviviente”. Y ahora a eso se suma la pérdida de personas cercanas, incluyendo el fallecimiento de su alma gemela en la música, el pianista brasileño Nelson Freire, en 2021. También la afecta ver cómo se enferman amigos como Barenboim, quien recientemente anunció que tiene Parkinson.

Argerich volvió de Arizona a Suiza decidida a ayudar a Maisky a rehabilitarse, y lo convenció de volver al escenario en el festival Le Piano Symphonique de Lucerna.

“Martha es como la vida misma”, dijo Maisky en una entrevista. “No es fácil, puede ser muy complicada, impredecible y un incordio. Pero también, como la vida misma, ella es lo más hermoso que existe”.

En una noche gélida en Lucerna, Argerich y Maisky interpretaron juntos el movimiento lento de la sonata para piano y chelo de Chopin. Los movimientos de Maisky eran distintos a los de antes, pero el sonido que le arrancaba al chelo se mantenía intacto. Argerich salió sonriente del escenario. “Mischa ha vuelto”, dijo.

En el este de Suiza, en la sala de conciertos Tonhalle St. Gallen, la docena de estudiantes apiñados tras bambalinas están fascinados: habían ido para asistir a un seminario de piano de una semana, y de pronto, entre papas fritas, sándwiches de jamón y galletitas dulces, estaban a punto de conocer a su ídolo máximo, Martha Argerich.

Argerich se bajó del escenario tras interpretar las suites de Rachmaninoff con su viejo amigo el pianista Darío Ntaca y entró despreocupadamente en la sala donde estaban los estudiantes. Entre aceitunas y sanguchitos, respondió preguntas sobre su ascenso como solista destacada en la década de 1970, sobre sus numerosas grabaciones ya clásicas de obras de Schumann, Chopin, Prokófiev, Liszt y Ravel, y de su infancia en Argentina. Y hasta compartió con ellos su viejo truco para no llorar cuando un profesor de piano le gritaba en su juventud: se quedaba mirando fijo la verruga que el hombre tenía en la cara.

Cuando los estudiantes se fueron, le pregunté a Argerich —que estaba viendo videos de Pavarotti en YouTube en su camerino—, si estaba de ánimo para responder un par de preguntas más. “Ya te conté todo”, me dijo. “Me debería haber ganado la libertad de hacer lo que quiera”.

Pero aceptó que la acompañara de vuelta al hotel, donde se quedó despierta durante horas charlando con sus amigas en el lobby sobre astrología junguiana, la polémica por el concurso Chopin de 1980 y sobre un pretendiente que una vez le dijo que ella tenía tantas personalidades que podía salir con varias personas a la vez. En determinado momento, se obsesionó con demostrar que una planta de aspecto ceroso que estaba en el lobby del hotel era real y no artificial, hundiendo la nariz entre las ramas y metiendo el dedo en la tierra de la maceta. “¡Miren, miren!”, les dijo a sus amigas. “¿Ven? Cada hoja es diferente. Esta planta está viva”.

Alrededor de las cuatro de la mañana nos despedimos y le hice una última pregunta. Yo había notado que esa noche, después del concierto, Argerich se había quedado un rato en la calle, junto al teatro, mirando las estrellas, y le pregunté si alguna vez se había preguntado sobre su lugar en el universo.

Me dijo que a veces reflexionaba sobre lo absurdo que era pasar la vida encorvada sobre esas teclas blancas y negras. “¿Qué somos los pianistas?”, se preguntó Argerich. “Nada. Nos parece algo extraordinario, pero no lo es”.

Y en eso llegó la tormenta, inundando las calles de agua, y Argerich me dijo que había hecho las paces con su vida. “Ya ni me pregunto”, dijo. “Sigo tocando y nada más”.

(Traducción de Jaime Arrambide)



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/martha-argerich-la-elusiva-y-enigmatica-diosa-del-piano-que-a-los-83-sigue-tocando-y-nada-mas-nid03042025/

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