La familia que corre peligrosas aventuras unida, permanece unida. O eso es más o menos lo que puede deducirse de una de las películas más infravaloradas en lo que va del siglo XXI, dirigida por un verdadero autor que no es considerado como tal. Probablemente se deba a que es una secuela, o a que recuerda a muchas otras películas (sobre todo de la gloriosa década de los ochenta). O simplemente porque es luminosa y feliz y, como sabemos, la felicidad es tan escasa que su aparición nos despierta sospechas (quizás por eso es que las tragedias tienen mejor prensa). La película de la que hablamos fue un éxito en taquilla, dicho sea de paso, y es de las que el público suele guardar en la memoria aunque no sea de las que salen en alguna conversación sobre cine en las primeras instancias. Pero sí en el “¡Uh! ¿Y esa en la que aparece el ejército de lobos contra los jinetes?”, y entonces aparecen las sonrisas y los recuerdos de planos precisos. Si la felicidad es siempre momentánea (es decir, momentos, pequeños puntos luminosos en el gris cotidiano o incluso en el período más negro), La momia regresa (Prime Video), de Stephen Sommers, es una guirnalda de Navidad con cambios de color y todo.
La primera La Momia fue una especie de sorpresa. Estrenada casi al mismo tiempo que el “Episodio I” de Star Wars en 1999, se convirtió en el plan B de quienes no conseguían entrada para el retorno épico de los jedis. Eso incrementó el boca a boca, y finalmente se sostuvo como plan A de muchísimo público en casi todo el mundo. Stephen Sommers, el realizador, venía de hacer tres películas notables con espíritu de novela juvenil (decimonónica, además): Las aventuras de Huckleberry Finn (hoy en Disney+, con Elijah Wood como Huck), una de las mejores adaptaciones de El libro de la selva (AppleTV, con el espíritu del libro original, muy buenos secundarios como John Cleese, un Mowgli casi adulto y más cercano a su descendiente literario Tarzán, y una Lena Headey muy lejos de ser Cersei Lannister en Game of Thrones) y la sorprendente Aguaviva (también AppleTV, donde unos piratas modernos comandados por Treat Williams y una ladrona sexy interpretada por Famke Janssen se enfrentan a un monstruo que se come a la tripulación de un crucero a una velocidad endemoniada). La Momia tuvo un lentísimo desarrollo hasta que Sommers llegó a Universal -que tenía los derechos del personaje, llevado a la pantalla en los años 30 con los trazos de Boris Karloff- y dijo que su idea era Indiana Jones en el siglo XIX perseguido por el monstruo. Compraron, la película se hizo y tenía más corazón que miedo. La Momia no solo hizo muchísimo dinero (cerca de 1000 millones de dólares ajustados por inflación), sino que además estableció como estrellas a Brendan Fraser y a una exmodelo que hace de bibliotecaria simpática, torpe y hermosa, que descubre la aventura bajo el sol de Egipto, una tal Rachel Weisz.
La secuela era una obligación, y Sommers hizo en ella varias cosas notables. En vez de mantener el romance entre los protagonistas (y sostener la tensión entre ambos del original, viejo truco de películas y series) los casó y les dio un hijo, interpretado en la película por Freddie Boath. Luego, creó otro personaje, el Rey Escorpión (que transformó en estrella a Dwayne Johnson, aunque cuando aparece como monstruo digital deja bastante que desear y, a pesar de todo, tuvo su propia película) y un cuento mítico detrás que le daba sustento al tapiz. Tercero, hacer de Imhotep/Momia (Andrew Vsoloo) algo menos un monstruo y algo más un ser desesperado por el amor a su perdida amada Anack Su Namun (Patricia Velázquez). Y cuarto, mezclar sus gustos en lecturas y películas de un modo totalmente lúdico y humorístico. Si ya la primera película tenía bastante humor, aquí todo se potencia.
El film es un viaje que va de Londres a Egipto, pasando por desiertos y selvas. Sommers, al mismo tiempo, va narrando en escenas retrospectivas otro cuento, el de dos mujeres (la hija del Faraón, la esposa del Faraón) enfrentadas, algo que también tiene una resonancia en el presente de los personajes. Es decir, hay muchos cuentos, de muchas clases: desde el épico de los guardianes contra el ejército del submundo, hasta el amor que se perpetúa -o no, veremos- a través de milenios. Todos son interesantes y, algo aún más curioso, cuando la película termina no podemos decir que haya verdaderos “malvados”, aunque es cierto que varios personajes realmente hacen maldades. En todo caso, cada uno tiene sus propios motivos y en los casos de los villanos, salvo uno, los mueve un sentimiento noble que se sale de cauce. Es algo bastante sabio en dos sentidos, tanto porque no defrauda la simpatía que podamos sentir en algún momento por ellos como porque deja claro que hay límites morales. Y sin embargo, lo último que nos provoca Imhotep al terminar la película es una especie de pena infinita, empatía por su sufrimiento. Algo bien infantil, eso de que en el fondo no queremos que los malos sean malos.
Para narrar todo esto, que incluye todo tipo de secuencias, Sommers apela, se dijo, a su videoteca y a su biblioteca. Allí está el fabuloso globo con hélice, que parece salido directamente de las narraciones de Julio Verne; allí está la relación entre el niño y el guardaespaldas negro del villano, que recuerda perfectamente a Huckleberry Finn (aunque aquí el “Jim” es parte del bando de los malos); allí están las mujeres fuertes y capaces de pelear con estiletes, versión femenina de alguna travesura de Robin Hood; allí están los pigmeos mutantes que persiguen en noche selvática a los protagonistas entre lianas tarzanescas y puentes alla King Kong, hijos directos de los Gremlins; los paisajes salen directamente de las bellas ilustraciones que Burne Hogarth realizó para las historietas de Tarzán en los años treinta y cuarenta del siglo XX. Y allí están, sobre todo, Papá y Mamá, a quienes los mueve como único motivo salvar a su hijo.
Que es un gran personaje, además. No solo porque es inteligente, ingenioso, arrojado y con sentido del humor; no solo porque supera rápidamente el miedo y el susto, sino porque, sin ser el protagonista de las acciones, está sabiamente colocado en el medio de la película como el punto de vista, el núcleo, el que motiva por travesuras y hazañas, que se desarrollen los acontecimientos. Alex O’Connell, el hijo de Rick y de la ahora arqueóloga y aventurera Evelyn, es el corazón del film. El famoso artilugio que por picardía termina en su brazo y lo hace objeto de captura y persecución, es una especie de “radar” que señala el camino a un lugar fabuloso donde el poder puede, incluso, devolver la vida. Cada etapa del viaje “aparece” como imagen ante el poseedor del brazalete (por otro lado, el motivo por el que los malos no matan a Alex y lo llevan consigo). Es por tanto Alex quien mueve a todos los personajes, incluso a su pesar.
Y mientras tanto, Sommers desarrolla varias ideas sobre el amor y la familia. Lo que vuelve a Imhotep y a Ack-su Namun una pareja de villanos es mucho menos la falta de amor que la esterilidad de ese amor. Es una pasión que los ha consumido y que parece obligada a repetirse y reeditarse infinitamente. Pero es también un sinsentido, algo que no trasciende y no crea nada. Imhotep maneja los elementos (es muy bello el ataque del rostro hecho de agua sobre el globo, por ejemplo) y su poder parece no conocer límites, pero no tiene sentido sin la mujer que ama... ni con ella. Rick y Evelyn se aventuran por el conocimiento, por la alegría de estar juntos y -justo es decirlo- por educar a Alex y cuidarlo. Juega en favor de la película la estructura El Imperio Contraataca, en el cual los “buenos” se separan (incluyendo al tío solterón, gran invención de John Hannah) en la idea de la reconstitución del hogar. Que, de hecho, tiene por núcleo a la mamá. Si en la primera película Evelyn descubría el placer de la aventura -una de las imágenes más conmovedoras es ella sonriendo mientras gana una carrera a lomo de un camello-, en esta se construye como una mujer audaz y capaz de cualquier sacrificio. Sommers aplica aquí otro cuento: nos narra el pasado mítico de Evelyn como hija del Faraón opuesta a Anack Su Namun, una pelea casi de película de artes marciales, una reivindicación y una venganza. Todos estos cuentos retrospectivos (la mayoría de los personajes tienen uno, incluyendo a los heroicos Medjai, guardianes que se oponen a Imhotep y al ejército de chacales del dios Anubis, otro personaje clave) que complementan la historia principal son interesantes en sí mismos. Otra vez, como si pasáramos la tarde de libro en libro, de historieta en historieta.
El final une todas las historias, las del pasado y las del presente de la trama, desde lo que le pasa a mamá (le pasa algo, sí señor) hasta el destino de papá, desde el combate final de Anack Su Namun hasta la tristeza de Imhotep, desde la valentía de los Medjai comandados por el corajudo Ardeth (que tiene mucho, pero muchísimo, de Sandokán, y sus caballeros, de los Tres Mosqueteros, ¿cómo podían faltar?) hasta la aparición fantástica del Rey Escorpión (¿para qué ir al cine si no podemos ver al monstruo?, pensábamos de chicos), y nos presenta a un grupo de personajes que se prepara para más aventuras. El relato de un viaje extraordinario culmina, además, con el debido “escondite” de lo sobrenatural, que permanece agazapado tanto en la memoria como en el futuro de ese mundo de cuentos. “Papá, ¿por qué no hay fotos de la pirámide dorada?”, podríamos preguntar. La respuesta, en la película.
Sommers retomó aquí una tradición perdida que inauguró en parte Walt Disney a fines de los años cuarenta: las películas de aventuras con toques fantásticos realizadas para la familia, con varias adaptaciones de Verne (20.000 leguas de viaje submarino, Viaje al Centro de la Tierra, La Isla Misteriosa, Los Hijos del Capitán Grant) o de Robert Louis Stevenson (La Isla del Tesoro, Secuestrados; la mayoría de ellas para ver en Disney+), que mostraban la construcción o reconstrucción de lazos y relaciones a través del viaje superlativo y lleno de peripecias. Lo que hizo este director contemporáneo y hoy de capa caída fue traducir ese cine a los estándares del nuevo siglo, y tuvo en cuenta que los nuevos papás eran los que habían disfrutado el cine de Spielberg en los 80. Quiso pues mostrar la felicidad enorme que implicaba recorrer mundos nuevos y saberse al mismo tiempo seguros en casa, mostrar la felicidad de lo nuevo y lo extraordinario. Y sobre todo, la felicidad de disfrutar todo eso al lado de papá y mamá.
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